Inicio — Historia

Grano, escrúpulo, adarme

Antes del gramo hubo un sistema entero de unidades minúsculas, usado por boticarios, orfebres y casas de moneda. Funcionó durante siglos y colapsó por una razón simple: nadie se ponía de acuerdo sobre cuánto pesaba cada una.

Pesar poco siempre fue un oficio distinto de pesar mucho. Quien comerciaba con trigo o con metales en bruto necesitaba unidades grandes y una precisión modesta. Quien trabajaba con oro, con piedras preciosas o con sustancias medicinales necesitaba lo contrario: cantidades diminutas y una exactitud que podía tener consecuencias graves si fallaba.

De ese segundo oficio salió una familia de unidades que la mayoría de los idiomas europeos compartió con variantes locales. Su base fue casi siempre la misma: el grano.

El grano y su descendencia

El grano se definió originalmente como el peso de un grano de cereal seco, y su valor terminó estabilizándose en torno a los 50 miligramos en el sistema castellano y a unos 65 en el sistema troy inglés. Sobre esa base se construyó una escala:

UnidadEquivalenciaUso principal
granounidad baseBase de todo el sistema
escrúpulo24 granosFarmacopea
dracma3 escrúpulosFarmacopea
tomín12 granosOrfebrería y ensayo de metales
adarme36 granosComercio de metales preciosos
quilate4 granosPiedras preciosas

La palabra escrúpulo merece una nota. Viene del latín scrupulus, diminutivo de scrupus: piedrecilla. Designaba la china que se mete en el calzado y molesta a cada paso. De ahí pasó a nombrar una unidad de peso muy pequeña y, en paralelo, el desasosiego moral que no deja tranquilo a quien lo siente. Las dos acepciones sobreviven en castellano y ambas descienden de la misma piedrecita.

Adarme tiene otro origen: llegó del árabe dárham, que a su vez viene del griego drakhmé. La expresión «ni un adarme», que todavía se usa para decir «nada en absoluto», es el fósil de una unidad que hace más de un siglo dejó de existir.

El problema de fondo

Sobre el papel el sistema era coherente. En la práctica era un desorden.

El primer problema era la falta de un patrón único. Cada reino, cada ciudad importante y a veces cada gremio conservaba sus propias pesas de referencia, y no coincidían. Una onza de Castilla no era una onza de Aragón ni una onza de Flandes. Los manuales de comercio de los siglos XVI a XVIII dedicaban capítulos enteros a tablas de conversión entre plazas, y esas tablas se contradecían entre sí.

El segundo problema era la aritmética. Las relaciones entre unidades no seguían ninguna regla: 24 granos por escrúpulo, 3 escrúpulos por dracma, 8 dracmas por onza, 12 onzas por libra de botica pero 16 por libra ordinaria. Cada conversión exigía memorizar un factor distinto, y los errores eran frecuentes.

Dos libras distintas

La libra de boticario tenía 12 onzas; la libra de comercio, 16. Ambas se llamaban libra, ambas circulaban en la misma ciudad y la diferencia era de un tercio. Un preparado formulado con la equivalencia equivocada podía ser peligroso.

El tercer problema era la verificación. Comprobar que una pesa de un grano era efectivamente de un grano requería comparar con otra pesa, que a su vez había que comparar con otra. En cada eslabón se acumulaba error, y en las unidades más pequeñas el error relativo era enorme.

La solución decimal

El sistema métrico atacó los tres problemas a la vez. Un patrón único y universal en lugar de patrones locales. Relaciones exclusivamente decimales, de modo que convertir es correr la coma. Y una definición basada en una magnitud natural en vez de un objeto arbitrario, lo que permitía en principio reconstruir el patrón desde cero.

La adopción fue lenta y resistida. En Francia misma el sistema se impuso, se derogó y se volvió a imponer entre 1795 y 1840. En el mundo hispanoamericano el proceso tomó buena parte del siglo XIX, y Chile estuvo entre los primeros países del continente en legislar la transición, aunque la costumbre tardó décadas más en seguirla: los documentos comerciales siguieron mencionando arrobas y quintales mucho después de que fueran ilegales.

Lo que sobrevivió

Dos unidades de la lista resistieron. El quilate se conserva en la joyería, fijado internacionalmente en 200 miligramos exactos desde comienzos del siglo XX; su otra acepción, la que mide la pureza del oro en veinticuatroavos, no es una unidad de peso sino una proporción, y comparte el nombre por accidente histórico. El grano troy sobrevive en la industria de metales preciosos anglosajona y en la balística.

El resto quedó en el idioma. Cuando alguien dice que no tiene un adarme de paciencia o que actúa sin el menor escrúpulo, está usando dos pesas de boticario que nadie fabrica desde hace más de cien años.

Volver — Portada